Historia

Hablar de la historia del olivo, es hablar de la historia de la humanidad. La existencia del olivo silvestre se remonta a más de 12.000 años y su cultivo comenzó a desarrollarse hace aproximadamente 6000 años en Siria, en Irán y en las colonias fenicias de Palestina y Líbano.


El aceite de oliva es extraído del fruto del olivo, llamado oliva o aceituna. La palabra aceite deriva de la palabra árabe az-zait, que significa “jugo de oliva”. El lugar al que se lleva la cosecha y en donde se extrae el aceite es denominado almazara, vocablo que también proviene del árabe, y quiere decir “extraer”, o “exprimir”.
La forma de extracción ha variado a través del tiempo, evolucionando desde la primitiva molienda de los frutos con palanca y peso o con ruedas de piedra giratorias, hasta la moderna y sofisticada maquinaria actual.

En todas las civilizaciones mediterráneas, el legendario árbol del olivo y el aceite obtenido de sus frutos han estado presentes tanto en rituales sagrados como en la vida cotidiana. Más allá de su uso culinario, el aceite también se utilizó como principal combustible para las lámparas de aceite. Los griegos y los romanos descubrieron sus beneficios tónicos y lo emplearon como ungüento especial a la hora de resaltar la anatomía de los atletas y luchadores; y ya entonces fue un apreciado ingrediente para la elaboración de medicinas y cosméticos.

Con tantas cualidades, el olivo y su aceite se convirtieron en una importante fuente de ingresos, lo cual implicó paulatinamente su extensión hacia toda la cuenca mediterránea, en la que hoy en día se elabora el 90% de la producción mundial.
Con la colonización española, en el siglo XVI el olivo se empezó a cultivar en América, donde llegó de la mano de misioneros y emigrantes que trajeron su legado y sus costumbres al nuevo continente. En 1780, ingresaron a Montevideo provenientes de Buenos Aires, las primeras 250 plantas que fueron ubicadas en la costa del arroyo Miguelete.

En 1937, se aprobó una ley de fomento de la olivicultura, y hacia 1950 ya habían 1000 hectáreas plantadas en territorio Uruguayo, concentradas en los departamentos de Rio Negro, Paysandú y Salto, cultivos que se sumaron a los ya existentes en Montevideo. También en ese período, se instalaron las primeras plantas industriales para la elaboración del aceite de oliva.

A partir de 1970, el cultivo de olivos decae, siendo sustituido en parte por el citrus, cuya rentabilidad era muy superior en ese momento. Al mismo tiempo, se produjo una campaña internacional de promoción del consumo de aceites refinados de grano, que generó un aumento del consumo del aceite de girasol y de maíz. Dada esta situación, la mayoría de las plantas de olivos fueron arrancadas y los olivares abandonados.
A inicios del presente siglo, comienza una nueva época para la olivicultura en el Uruguay, impulsada por una creciente demanda mundial de alimentos beneficiosos para la salud y debido a los altos costos de producción en los países europeos.

Es así que se empiezan a recuperar los montes abandonados y a implementar nuevas plantaciones con diversas variedades .
A los cultivos del litoral se agregan otros departamentos como Colonia, Soriano, Lavalleja, Maldonado, Rocha, Canelones, Florida, Durazno, Rivera y Treinta y Tres. Acompaña este proceso la instalación de nuevas almazaras de última tecnología. Paralelamente, se desarrolla la investigación sobre el cultivo del olivo, la elaboración del aceite y de sus propiedades, fundamentalmente en el Instituto Nacional de Investigación Agraria (INIA) y en la Universidad de la República, contándose también con la cooperación de centros internacionales como el Consejo Oleícola Internacional (COI).

Hoy ya se están superando las 7.000 hectáreas plantadas en todo el País, con un desarrollo sostenido que ocupa un lugar importante en la producción e industria nacional.